Durante los siglos XVI y XVII, los muros de las casas holandesas exhibían bodegones representando copiosos desayunos con relucientes tazas y zumo de damasco recién exprimido, escenas de mercado con mujeres negociando precios vestidas con trajes de encaje, muy a la moda en ese momento, retratos de familia y paisajes con molinos de viento.
Pero las obras más codiciadas eran las coloridas naturalezas muertas con ramos magníficamente compuestos de tulipanes y otras flores exóticas, que a menudo se mezclaban con flores silvestres y otras más locales.
Durante los siglos XVI y XVII, los Países Bajos fueron una superpotencia europea con relaciones comerciales de gran alcance. Amberes era el principal centro comercial de Europa y cuando se independizó en 1648, los holandeses se convirtieron en uno de los países navieros con colonias más prominentes del mundo.
La vida artística era poco frecuente en esos momentos, sin embargo se comenzó a gestar en las ajetreadas ciudades donde la burguesía decoraba sus nuevas casas y fincas, transformando a Holanda y Flandes en los centros de arte mundial. Se hacían grandes negocios y encargos y el arte adquirió un papel cada vez más destacado como indicador del estatus y medida del valor.

Uno de los elementos que otorgaba prestigio a una casa holandesa era la existencia de un frondoso jardín durante todo el año. Alguien, presumiblemente un marchante de arte, un hombre de negocios o un artista con nociones de economía tuvo la brillante idea de representar los vistosos tulipanes en lienzos y paneles lijados.
Los motivos florales en sí mismos no eran una novedad ya que habían sido un tema central en las pinturas religiosas de finales de la Edad Media. Cada flor simbolizaba una de las diferentes virtudes de María, tanto como virgen como madre.

Las pinturas simbolizaban la fugacidad, la ciencia y la belleza. La atracción por estos ramos de flores cuidadosamente elaborados se extendió y las pinturas sirvieron a menudo como material de venta para los que compraban y vendían bulbos de tulipán. A los compradores potenciales les resultaba difícil imaginarse las preciosas flores, pero gracias a las pinturas, dibujos, grabados y libros, sus inversiones se concretizaban. Los pintores de naturalezas muertas con motivos florales eran muy solicitados y muchos de ellos se hicieron ricos.

Aunque los tulipanes, según la historia relata, llegaron a Europa a mediados del siglo XVI cuando el embajador austríaco, Angerius Ghislenius Busbequius en nombre del emperador Fernando I fue enviado en misión especial a Constantinopla, pasaron algunos años antes de que el comercio comenzara a generalizarse. En los barcos procedentes de Turquía se transportaban patatas, pimientos, tomates y otras verduras, pero lo más destacado eran las flores exóticas. Desde Viena se empezó a distribuir "el nuevo hallazgo" a importantes y prósperas ciudades comerciales como Augsburgo, Amberes y Ámsterdam.
El gran avance del tulipán se produjo en la década de 1590 cuando el botánico holandés Carolus Clusius recopiló todos sus descubrimientos presentándolos en la Universidad de Leiden tras un encuentro con el embajador Busbequius y al comprobar que las condiciones de cultivo en Holanda eran propicias para el cultivo de la flor exótica.
Tulipomanía
En las salas donde se hacían las transacciones comerciales, las pinturas de tulipanes estaban suspendidas en fila mientras se negociaba sobre el precio de los tulipanes.
Inicialmente, había un comercio regulado para la venta de bulbos y la subida de precios se llevaba a cabo bajo de manera controlada, pero eventualmente la especulación se apoderó del negocio y surgió lo que se conoce como 'Tulipomanía'.
En este momento, un solo bulbo de tulipán podía costar el equivalente a varios millones del valor monetario actual, y como comparación, un bulbo de tulipán podía costar hasta diez veces más del salario anual de un artesano. Durante la ola de especulación, algunos tulipanes tenían un valor mayor que otros. La variedad Semper August era una de las más caras. Un solo bulbo podía costar como el precio de tres casas a la orilla del canal, de ahí que los cultivadores de tulipanes mantuvieran en secreto el emplazamiento de los campos de cultivo. A menudo creacían en los jardines de la nobleza o en jardines monásticos.

No pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a cultivar nuevas y más más bellas variedades para satisfacer las demandas del mercado. Llevó muchos años desarrollar este proceso y sin duda con muchos riesgos.
Alrededor de 1630 había más de 140 variedades de tulipanes registradas en los Países Bajos. Los tulipanes de un solo color , multicolores, con vetas o con extensiones y hojas se clasificaron en diversas categorías. A menudo se denominaban según quien las cultivaba o con mayor frecuencia según quien financiaba los cultivos .
Inicialmente, los bulbos se vendían al peso, pero cuanto más especulativo se volvió el mercado, los vendedores de tulipanes comenzaron a negociar por medio de contratos escritos para la cosecha del año siguiente.

Pero no sólo a los holandeses les gustaban los tulipanes.
A mediados de 1630, el mercado de los bulbos de tulipán alcanzó nuevas dimensiones después de que los negociantes franceses también entraran en el juego. Los precios subieron y los contratos de los tulipanes podían cambiar en un trato, (que a menudo tenían lugar en tabernas) hasta diez veces en un mismo día.
Todos comerciaban con tulipanes y bulbos, desde monjas y adinerados miembros de la nobleza hasta carpinteros y campesinos que intercambiaban sus fincas por un solo bulbo. Además, se volvió complicado encontrar el bulbo que querían. Eran solicitados de acuerdo con las ganancias que obtendrían en esos intercambios.

Ya en 1614, el conocido comerciante y autor Roemer Visscher hizo un comentario sobre la expansión del comercio de tulipanes; "Een dwaes en zijn gelt zijn haest ghescheijden" que puede traducirse como "El idiota y su dinero pronto se tendrán que separar".
En 1636, los bulbos de tulipán eran el cuarto producto más exportado de Holanda, y al final del año, la Tulipomanía alcanzó su punto álgido.

De repente todo cambió un día de febrero de 1637. En una de las subastas de Haarlem en la que se esperaban grandes ventas, varios de los pujadores habituales no se presentaron.

Tal vez debido a una plaga que azotaba el país o porque algunos ya habían ganado suficiente dinero o quizás algunos vendedores experimentados querían ver cómo el comercio atraía a especuladores de alto nivel. Era hora de retirarse.
Además de los 7.000 tipos de tulipanes que podemos elegir desde enero hasta Pascua cada año, son sobre todo las fantásticas pinturas lo que nos dejó como legado aquel período.
Muchas de estas obras se encuentran expuestas en museos de todo el mundo, pero también pueden encontrarse en subastas y en mercados de arte.

Los bulbos de tulipán siguen siendo un símbolo de las fluctuaciones especulativas del mercado bursátil, ya que es un ejemplo de las consecuencias de tomar riesgos excesivos. Los tulipanes y su seductora belleza casi podrían ser el equivalente del Bitcoin del siglo XVI.
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