Alexander Calder, nacido en 1898 en Pennsylvania, es el primer hijo de la pareja de artistas compuesta por Alexander Stirling Calder y Nanette Lederer Calder. El abuelo de Alexander trabajó como escultor, y fue en este ambiente creativo que el joven Calder se estrenó en el mundo de las artes plásticas.

Los padres de Calder, conociendo muy bien lo difícil que podía ser una carrera artística, le animaron a realizar estudios en un campo más lucrativo. Alexander estudió ingeniería, sin mucha ilusión, y a la primera oportunidad que tuvo se matriculó en una escuela de arte en la ciudad de Nueva York. En 1926, se mudó a París y comenzó a explorar el uso del alambre. Estos trabajos de naturaleza experimental le servirían más tarde como guía para sus creaciones más notables, los muebles. Sin embargo, Calder puso su dominio del material al servicio de otra forma de arte: la joyería. En 1930, Calder creó un anillo muy simple, en forma de espiral, para su futura esposa Louisa James. Este gesto marcó el comienzo de su dedicación a la elaboración de joyas para su musa, incluyendo broches, collares, pendientes y anillos de todo tipo.

Si el primer anillo hecho para Louisa por Calder era relativamente sencillo, las siguientes joyas eran cualquier cosa menos modestas. Calder trabajó principalmente el cobre, un metal fácil de obtener durante la guerra, y decoró sus piezas con pedazos de porcelana, vidrio y madera. Para sus joyas, Calder conservó el mismo enfoque artístico y creativo que para sus muebles, ya entonces considerados "verdaderas" obras de arte.

Varias personalidades se engalanaron con sus extravagantes creaciones, como Georgia O'Keeffe, a menudo leal a su broche y también Peggy Guggenheim, Simone de Beauvoir, Anjelica Huston, Imogen Cunnigham o Brooke Shields. Calder a menudo creaba joyas para una persona en particular o inspiradas por alguien en concreto y ocasionalmente usaba las iniciales del destinatario. Sus collares y broches de gran tamaño, aunque muy originales, a veces resultaban difíciles de llevar.

Aunque Calder consideraba sus joyas como una fuente de ingresos, sus piezas no eran particularmente caras. En los años 30, sus broches costaban alrededor de 19 libras esterlinas equivalente a unos 350 euros de hoy en día. Durante su carrera, en muchas ocasiones le ofrecieron producir sus joyas en serie, lo que rechazó rotundamente.

Encontrar joyas de Calder en el mercado de subastas no es común, ya que muchas de ellas son piezas únicas, y alcanzan miles de euros. La casa estadounidense Freeman's, por ejemplo, vendió un colgante en 2015 por 52.500 euros, mientras que Christie's y Bonhams registraron precios entre y 27.000 y 36.000 euros en las ventas de 2009 y 2017 respectivamente.
